“Y entonces, cuando embargado por el asco, Tsukuyomi no Mitoko asesinó a Uke Mochi;
Amaterasu no Mitoko, su hermana y esposa, lo tildo de dios malvado y lo hecho de su lado.
Desde ese día, el Sol y la Luna, el día y la noche jamás comparten el mismo cielo”.

La Famélica
Bestia de la Noche

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El Centro de Investigación Yath, ubicado justo
sobre la base del monte Ngranek, en el centro de la Cordillera Nevada que
domina el sur del continente; es uno de los más avanzados que existe en
tecnología e investigación. Es por esta razón que un elaborado sistema de
defensa; tanto en la órbita superior, en la órbita baja y en tierra; protege
sus secretos de los ojos curiosos de amigos y enemigos. Enterrado bajo decenas
de klics de sólida roca, se dedica al desarrollo de nuevas soluciones médicas
que puedan ser de beneficio para todo el pueblo al que sirve con orgullo.

El día había comenzado como todos, una jornada extenuante
de investigación y de eterna vigilancia del desarrollo de los embriones que
conformarían a la nueva generación de individuos proyectada para ese año. Pero
un par de comunicados destramaron el orden de la investigación y puso al
instituto en alerta máxima. Llegarían visitas importantes. Por el código de la
notificación la primera visita era alguien de gran importancia en el comando
central de la Flota, que se suponía se encontraba en el nodo de Tara (el
punto más lejano de la frontera) en medio de la firma de un tratado importante. La segunda era la visita imprevista de la líder
religiosa de la nación.
El protocolo dictaba que la Jefa de
Investigaciones y la Comandante Oficial del Centro esperarían en el elevador la
llegada de los visitantes. Escoltadas por un cordón de seguridad de media
docena de infantes, ambas aguardaban impacientes a que el elevador de la
terminal aérea terminara su descenso hasta las instalaciones. Para el gusto de
ambas, bajaba demasiado lento.
Este llegó a su piso y se detuvo. De inmediato
las militares se pararon en posición de saludo mientras la científica tomaba
una postura de tenso descanso. Pero nada las preparó para lo que vieron
en el interior del elevador. En vez de encontrar a una almirante o
alguna diplomática engalanada, contemplaron a una piloto que se apoyaba contra
la pared, que cargaba en sus brazos un pequeño capullo envuelto en un traje de
vuelo que no era de su talla.
—¡Por favor! ¡Ayúdenla! ¡Ayúdenla!
La voz de mujer apenas podía escapar del casco
que cubría su cabeza. Sin esperar ni hacer preguntas la oficial hizo un gesto y
de inmediato cuatro de sus infantes tomaron al pequeño bulto. Las dos líderes
de la recepción se acercaron a la piloto que apenas respiraba, le quitaron el casco y reconocieron con sorpresa a la joven de
cabello castaño; mientras la científica pasaba uno de sus instrumentos de
diagnóstico para descubrir su dolencia.
—¡Qué sucede, Jefa!
—Se encuentra grave. ¡Ayúdame a cargarla!
En cuanto sacaron a la piloto del elevador, la
jefa activo un panel, que expulsó una tabla que levitó hasta la altura de sus
caderas. Ambas pusieron el cuerpo de la piloto en ella y se desplegó una imagen
del interior de su cuerpo. Una herida en el centro del pecho de la piloto
explicaba su situación.
—Tenemos que ponerla sobre la Unidad Médica.
—¿Qué es lo que le pasa a su Alteza, doctora?
—Es obvio que alguien apuñaló a la reina. Por
el ángulo de entrada, la herida se produjo cuando yacía en posición vertical.
Pero el que hizo esto no tenía idea de nuestra fisonomía. Eso fue lo que salvó,
la herida está del lado contrario de nuestro corazón. En definitiva, tuvo mucha
suerte.
La médica presionó un par de botones y la mesa
distribuyó una serie de drogas en su cuerpo, lo que permitió que se
estabilizara. La militar comenzó a quitarle el traje de piloto, que expuso la
venda y la compresa que se habían usado para detener el sangrado y explicaba
como ella pudo llevar a cabo su viaje en solitario. Mientras revisaban los
vendajes, la reina se volteó y preguntó.
—¿Cómo está? ¿Cómo se encuentra Annamarie?
La doctora expuso la imagen del informe y
escribió con su dedo el nombre que le había dicho. Con atención leyó su estado
y exclamó.
—Está en el otro cuarto, su alteza, pero sus
signos se ven muy irregulares. Es como si… ¿Pero qué está pasando?
Ella no pudo seguir. Tanto la reina como su
doctora y la oficial se voltearon; escucharon los disparos de armas, los
gritos de las mujeres y los golpes. Ante la evidencia, la oficial
sacó su arma y apuntó hacia la entrada del corredor.
—¡Llegué tarde! ¡Llegué demasiado tarde!
La paciente exclamó y sollozo desconsolada.
Pero no tenían tiempo para reconfortarla, los gritos y los golpes cesaron tan
rápido como habían comenzaron. La oficial se adelanto unos pasos, la doctora
extrajo un bastón retráctil de la unidad de tratamiento y ambas volvieron su
vista hacia la entrada del corredor que comenzó a oscurecerse.
El corredor se quedó completamente a oscuras.
Las luces no habían estallado, no se habían apagado ni se habían quedado sin
energía. Daba la sensación de que la oscuridad que rodeaba el área en torno al
corredor se tragaba la luz y no le permitía emitirse.
—¡Habla la Comandante Dania Kigure, Jefa de
Seguridad de la Estación de Yath! ¡Tenemos un fenómeno en el nivel treinta y
cinco! Sellen el elevador tres y cuatro, sellen todas las salidas y ductos de y
hacia este nivel. Todo el personal de infantería concéntrese en los accesos
superiores e inferiores a este piso. ¡Ahora!
La oficial bajó su muñeca y se volteó al
elevador, todavía se encontraba activo a un piso por encima de donde se
encontraban. Una leve maldición y un gesto de frustración fue lo único que se
dijo por no haber llamado antes.
—¿Estámos solas?
—Si. ¡Eso no debe llegar al elevador,
entendido!
—¡Sí!
La oscuridad, lenta pero decididamente, ganaba
su batalla contra la luz. En el instante en que repicó la campana del elevador,
las luces de la sala de espera, del corredor y del mismo elevador se apagaron también.
Habían quedado a oscuras.
—Dania, atrás de ti. Scyllia, no abandones la camilla.
La criatura necesita el corazón de la reina, no permitas que lo tome.
En la oscuridad sonó una bofetada, un chillido
deforme y un cuerpo estrellándose contra una pared. A ciegas, las dos mujeres
se dejaron guiar por la voz del elevador, sabían que era la segunda visita
importante que debía llegar ese día.
—Dania, prepara tu Mano. Scyllia, enciende el
circuito de tu bastón.
Las dos mujeres obedecieron. En cuanto la
doctora encendió el bastón, la luz del circuito eléctrico fue absorbida por la
oscuridad. Ella se volteó hacia donde se dirigía las chispas, ahora que lo
sabía giró completamente hacia su dirección

Lo
siento mucho, Scyllia.
—Dania. Está frente a Scyllia. Sujétalo.

Un sonido como de un latigazo interrumpió la
orden. Luego, crujidos y múltiples detonaciones llenaron la habitación, junto
con un alarido sobrenatural. Las luces volvieron a la habitación, lo que mostró
que la estrategia había funcionado. La criatura flotaba a cierta distancia del
piso, atrapada por una fuerza invisible que la mantenía bien sujeta. Pero esta
había tenido su precio, Scyllia yacía sobre una pared, tosiendo sangre y
presionando su pecho.
—Sujétalo con firmeza, Dania.
Un golpe metálico contra el piso hizo que Dania
se volteara, del elevador salía una sacerdotisa. Avanzó a tientas y tomó un
guijarro de la mano de la médica. Luego, se aproximó a la camilla de la reina,
que seguía llorando y tomó su bastón. En cuanto tuvo todas las piezas, se
volteó y comenzó a mover sus manos.

No
importa lo que hagas ahora, hija del Sol. Hemos esperado por mucho tiempo
descubrir que había sucedido aquí, ahora todos lo sabemos. Sin importar el
tiempo que pase, esto volverá a ser nuestro, para la gloria de la Luna.
Escucharas los lamentos de tu diosa, mientras se ahoga en la sangre de tu raza.
Ambas escucharon a la criatura en sus mentes.
Pero la sacerdotisa lo ignoró y terminó los preparativos de su báculo.
—Dile a los tuyos que los estaremos esperando.
El báculo de la sacerdotisa emitió un destello
poderoso, ocurrió en un instante y cuando Dania abrió los ojos de la criatura
sólo quedaba un charco de baba negra, repugnante y viscosa.
—Muy buen trabajo, Dania.
—Muchas gracias, Gran Sacerdotisa. No lo
hubiera logrado sin su ayuda.
—Yo atenderé a la Reina. Tú has tu trabajo.
La joven quiso reclamar que la Reina estaba
herida de gravedad, pero no lo hizo. Se alejó de la mesa y exclamó—: Atención
central. Esta es la Comandante Dania Kigure desde el nivel treinta y cinco. La
amenaza biológica fue contenida con éxito. Continuaremos en cierre por cuarentena.
Todo el personal médico y militar del nivel treinta y cinco, repórtese de
inmediato.
Ella se asustó al ver dos sombras por donde
había ingresado la criatura. Ella apuntó, pero dos muchachas del personal
médico salieron asustadas, por lo que trató de tranquilizarlas a como pudo.
—Tienen trabajo que hacer. Revisen a la Jefe
Médica Scyllia. Luego atiendan a la Reina.
—¡Sí!
En cuanto nadie la veía su cuerpo se sacudió
con fuerza. Por el arrebato Dania juntó sus manos y se apoyó contra la pared
hasta que pasara. Pero una voz a su espalda le devolvió la paz.
—No se angustie, hizo un buen trabajo comandante.
De improviso Dania se volteó y salió disparada
al interior del corredor. No le tomó nada de tiempo llegar al cuarto donde
habían llevado a la cosa que traía la Reina. Era una escena de muerte y cuerpos
destrozados, el ataque de la criatura había sido brutal. Lo más probable es que
cuando supo donde se encontraba, tomó lo que ocupaba de su huésped para tomar
forma y dejó lo que quedaba como un desperdicio. Lo que había sido una forma de
vida había dado cabida a un engendro de pesadillas, salido de lo más oscuro de
sus entrañas.
Ella sabía que tenía que hacer. Selló la puerta
delante de sí, activó los protocolos de seguridad uno detrás de otro, el cuarto se
aíslo del resto del piso. En las opciones de la puerta apareció dibujada la
opción de purga biológica.
Dania.
No lo aprietes.
La voz que hablaba en su cabeza era angustiosa.
Dania sabía que era de la reina. Pero su deber era claro, lo que fuera que
había atacado el piso era una amenaza biológica. Tenía que purgarla cuanto
antes.

Dania.
Te lo suplico. ¡Por favor!
La joven oficial se encontró en un dilema.
Escuchar aquel ruego en su cabeza la perturbaba, pero aún en ese estado era la
voz de la reina. Sus deseos, por más ilógicos que pareciesen, eran órdenes.
—Lo que usted diga, su alteza.
Gracias
Dania. Gracias por permitirme cumplir mi promesa.



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