“Fueron las revistas cómicas más que compañeras de
infancia, con su saber arcano puesto en diálogos para nunca olvidar.
Muestras dramatúrgicas, señoras de la solidaridad [. . . ]”
Mucho se ha escrito sobre la debacle económica que sufrió este país
en la década de los primeros ochentas. Sesudos analistas han contemplado
sus consecuencias en economía, política o en el aumento de la pobreza,
pero nadie ha hablado del golpe mortal que la crisis asestó a la cultura
del cómic.
Antes de los días citados, a nuestro país venían los paquetones de
revistas cómicas que llegaban de Colombia, España, Perú, y,
principalmente de México, con las páginas gustosas de las editoriales
Novaro, Popular, etc. Revistas olían a papel nuevo pero viajado, a
misterios que ávidos transitábamos en un ritual que parecía inacabable. 
Los ochentas gateaban aciagos y con malos pasos para los bolsillos
ticos y, probablemente porque las importaciones se volvieron
“caracísimas”, las casas que recibían el revisterío no las trajeron más y
vimos cercenada la continuidad de nuestras colecciones. Algunos cómics
eruditos, otros iconoclastas, otros simples, se marcharon por el camino
del río sin retorno en el que naufragaron Archi y Fantomas, los tres
tamaños de Joyas de la Mitología, las combativas biografías de Vidas
Ilustres o a las santificadas de Vidas Ejemplares. 
Dijo adiós el revisterío que perimetraba nuestra imaginación, mucho de
información, pero sobre todo disfrute. Aquellos folletos en 32 páginas
nos abrían un mundo de sorpresas que hasta tuvieron como director a
nuestro gran Cardona Peña. Pero ni El Monje Loco, que había logrado
triunfar de la muerte, escapó del desplome de la economía costarricense.
Jamás su creador, Salvador Carrasco, imaginó una historia tan
terrorífica, porque entonces, su personaje habría dicho su famoso “Nadie
sabe, nadie supo” atento al cambio del dólar que nos hundía y no a los
quebrados marfiles de su órgano desacordado.
Fueron las revistas cómicas más que compañeras de infancia, con su
saber arcano puesto en diálogos para nunca olvidar. Maestras
dramatúrgicas, señoras de la solidaridad, tiquete a la amistad cuando a
la salida del cine Milán de Alajuela las cambiábamos entre una
chiquillería sin estamentos sociales ni ganas de tenerlos.
Si le robáramos a Serrat la frase del dónde, dónde fue mi niñez,
encontraríamos la respuesta en las revistas que aún quedan en los
estantes secretos de nuestras casas, protegidas del moho y del olvido
por nuestros cuidados, que evitan que se marchen al cielo del olvido. Y
en algunas tardes cuando el niño que llevamos dentro se siente
desamparado, no hay Neruda que supere en paliativo a las revistas que
todavía nos quedan.
Pero nunca más nos vinieron lunes a lunes y ni la magia de Mandrake
salvó a Sal y Pimienta de la partida, ni le devolvió a Tobi Tapia su
machista club anti-niñas ni a Lulú su ingenio para ganarle la partida.
La Zorra y el Cuervo, de la mano con Memín y Eufrosina, aún caminan por
otros países, pero aquí ya ni se acercan, y es claro, porque la Costa
Rica donde alguna vez tuvieron hálitos de vida, dejó de existir y los
personajes de los cómics jamás pisan el suelo que ha perdido la
inocencia.

Neoverso

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