Desde mucho antes que
viera la luz la novela de Julio Verne “Viaje al Centro de la
Tierra”, publicada el 25 de noviembre de 1864, este elemento del
globo terráqueo ha sido objeto de muchas especulaciones y fantasías
-principalmente- que han germinado en múltiples ideas de cómo sería
este inexplorado terreno. Especialmente desde el ámbito especulativo
de la mitología y cosmogonía religiosa, cada cultura ha asignado un
lugar preponderante a los terrenos bajo la superficie como una región
significativa, sea como germinadora de vida o bien como hogar de la
muerte.
Por ejemplo, para la
cultura hebrea que nos ha legado las tradiciones religiosas
judeocristianas, habla del concepto de “Sheol”, la residencia de
los muertos que es descrito de la siguiente manera «El Sheol estaba
situado en alguna parte debajo de la tierra. […] La
condición de los muertos no era ni de dolor ni de placer. Tampoco se
asociaba con el Sheol la recompensa para los justos ni el castigo
para los inicuos. Lo mismo buenos que malos, tiranos que santos,
reyes que huérfanos, israelitas que gentiles, todos dormían juntos
sin conciencia los unos de los otros» [1].
Así también, la cultura
griega manejaba el concepto del “Hades”, nombre que se referia
tanto al dios que gobernaba sobre los muertos, como a la región que
gobernaba, la cual se encontraba en algún lugar bajo la superficie
donde los muertos eran juzgados y que era solo accesible para ciertos
héroes capaces de soportar imposibles pruebas [2]. Este concepto se
fusionaría con el “Sheol” judío por la tradición cristiana y
formarían la imagen del “Infierno”. A pesar de que el concepto
cristiano de infierno se parece más al Tártaro griego, una parte
profunda y sombría del Hades usada como mazmorra de tormento y
sufrimiento, se difundió por la religión y se ha posicionado como
la imagen más generalizada del interior terrestre.
A partir de dicha fusión
es que el 11 de abril de 1492 el poeta florentino Dante Alighieri
publica su obra literaria inmortal “La Divina Comedia”. Este se
adentra en los círculos del infierno, los cuales se van reservando
para diferentes tipos de castigos según los pecados cometidos por
sus habitantes. Este concepto de “círculos” sería retomado en
futuras reinterpretaciones de otros escritores y los creadores de
hipótesis sobre la naturaleza del centro de la Tierra.
Posteriormente en 1665 el
monje jesuita Athanasius Kircher escribe el manuscito Mundus
subterraneus, quo universae denique naturae divitiae
[3], una
obra considerada “científica” según los estándares de su
época, en la que se describe una imaginativa y extensa fauna del
averno que incluye exóticos animales mitológicos como los dragones.

A medida que la
ilustración y el desarrollo del método científico se
popularizaron, estas hipótesis fueron dejadas de lado, mientras que
nuevas hipótesis fueron planteadas desde los campos de la
especulación literaria, gracias a imaginativos autores como Julio
Verne, Edgar Allan Poe (1833) [4], John Uri Lloyd (1895) [5], H. P.
Lovecraft (1936) [6], entre otras manifestaciones artísticas como el
cómic y el cine que explotaron y expandieron esas ideas.
Incluso películas de gran presupuesto recurren a más ficción que ciencia para contar su historia.


HIPÓTESIS DE LA TIERRA
HUECA.

Como una herencia
innegable de las ideas mitológicas y artisticas antes descritas,
nace la creencia en la Tierra hueca o “hipótesis intraterrestre”.
La definición viene de “intra”, un prefijo latino con el
significado de ‘dentro de’, ‘en el interior’, con lo que
literalmente expresa “interior de la tierra”. La misma es la
afirmación de que dentro del planeta Tierra existen civilizaciones
subterráneas muy evolucionadas (llamados «intraterrestres»).
Quienes apoyan la
hipótesis de la Tierra Hueca rechazan la idea convencional de que el
planeta Tierra es una esfera sólida con un núcleo en el centro,
argumentando que la Tierra esta parcial o totalmente hueca en su
interior. El razonamiento básico de esta hipótesis es que las
deducciones en relación con el interior de la Tierra se basan
únicamente en los cálculos de ondas sísmicas y gravedad, ya que no
es posible explorar las profundidades de la Tierra y por lo tanto
existe una probabilidad de que estos cálculos estén erróneos y la
Tierra sea en realidad una esfera hueca.
Aunque su origen se
remonta a mucho más atrás, a principios del siglo XX (o finales del
XIX) con las versiones del Doctor Cyrius Teed, extendidas poco a poco
por autores como R. A. Palmer, años después, cuando este tipo de
hipótesis comenzaron a coger más y más peso. Mientras que Palmer
era un simple autor de ciencia ficción, Teed, precedido por el
famoso astrónomo Halley. Halley creía que la Tierra estaba
conformada por una serie concéntrica de esferas donde podrían
habitar, incluso, diversos seres. Teed, conocido pseudocientífico,
retomó esta versión, complicándola mucho más, aunque planteándola
desde una perspectiva aparentemente científica.
La Hipotesis de la
Tierra Hueca de Edmund Halley
Uno de los primeros
teóricos de la Tierra Hueca fue el conocido astrónomo inglés
Edmund Halley. Halley, famoso por el cálculo de la órbita del
cometa Halley, amigo de sir Isaac Newton y miembro de la Royal
Society. Halley descubrió que el campo magnético de la Tierra
cambiaba gradualmente con el tiempo. Esto era solo posible, según
postuló, si varios campos magnéticos estuvieran rodeando la Tierra.
Por tanto, Halley llegó a la conclusión de que la Tierra era un
cuerpo hueco que consta de cuatro esferas concéntricas. 
Halley incluso propuso la
existencia de formas de vida desconocidas presentes en cada una de
estas “tierras interiores”, describiendo cada capa de unos 800 km
de espesor, dos capas interiores concéntricas y un núcleo interior,
con unos diámetros similares a los de Venus, Marte y Mercurio. Cada
una de estas capas, a su vez, estaría separada por atmósferas, y
cada capa tendría sus propios polos magnéticos.
Según Halley, asimismo, cada esfera rotaría a una
velocidad diferente e imaginó que la atmósfera emitiría luz, y
quizá hasta que esas capas estarían habitadas; no se quedó ahí.
También especuló que el gas que escapaba (de esas atmósferas)
provocaba las auroras boreales. Fue su forma de intentar explicar las
lecturas anómalas que veía en su brújula.
La Hipótesis de la
Cosmogonía Celular del Dr. Cyrus Teed
En el año 1869, el Dr.
Cyrus Teed propuso su propia versión de la hipótesis de la Tierra
Hueca, afirmando que el ser humano no vivía en la superficie
exterior de una esfera hueca, sino que vivían en el hueco de una
esfera mucho más grande. Esta hipótesis que llamó “Cosmogonía
Celular” era una supuesta revelación divina que vendría a
explicar la existencia del hombre, en la cual mencionaba que la
Tierra y el Cielo estaban contenidos en una gigantesca esfera donde
la gravedad no existía, sino que los objetos se mantenían en su
lugar por fuerza centrífuga.
Según su hipótesis,
todo el universo se encontraba en el centro de una esfera hueca,
mientras que los humanos vivían en el interior de la misma. El Dr.
Teed incluso fundó una religión, de la cual él era su mesías,
para todos aquellos seguidores de sus ideas. Sin embargo, las mismas
no pudieron ser probadas y después de su muerte sus seguidores
abandonaron sus creencias sobre una Tierra hueca.
La Hipótesis de la
Tierra Hueca, sin núcleo
Una de las hipótesis más
aceptadas por los defensores de la idea de la Tierra Hueca, es la
cual sugiere que la Tierra posee un centro hueco por dentro, sin
ningún tipo de núcleo. Existen varias alternativas de esta idea que
se han añadido a las propias perspectivas de los nuevos postulantes
de esta hipótesis.
El concepto inicial, se
dice, fue plasmado por el admirado y prolífico matemático y físico
suizo Leonhard Euler (1707-1783) quien supuestamente propuso la
presencia de un sol interior que proporcionaba luz solar a la tierra
interna. El ex oficial del ejército estadounidense John Symmes
(1780-1829) afirmó que el interior del planeta seria hueco y
habitable en su interior; y contendría cierta cantidad de esferas
concéntricas sólidas, una dentro de la otra, y que en los Polos
tendría unas aberturas de entre doce y dieciséis grados.
Aunque también cabe
destacar que a medida que la hipótesis ha ido cambiando con el paso
del tiempo, y ahora se afirma que estos accesos se encuentran
repartidos en varios puntos del planeta. Esta idea ha logrado ser
longeva gracias a la recurrencia sobre ella de los aficionados a los
ovnilogia, quienes la usan para afirmar la existencia de
civilizaciones extraterrestres viviendo en el interior de nuestro
mundo.
En este milenio aún muchos creen encontrar civilizaciones alienígenas dentro del nucleo terrestre.

REFUTACIONES DE LAS
HIPÓTESIS DE LA TIERRA HUECA.

Como hipótesis, las
diversas versiones de la Tierra Hueca han perdido credibilidad a
medida que aumenta el conocimiento de diversos campos científicos.
Por ejemplo, Isaac Newton
demostró que los objetos masivos tienden a agruparse por medio de la
gravedad, creando objetos esféricos sin ningún hueco, tales como
planetas y estrellas. Además, la materia ordinaria no es lo
suficientemente fuerte como para mantener un cascarón del tamaño de
un planeta contra la fuerza de la gravedad. Es decir, no sería capaz
de alcanzar equilibrio hidrostático con su propia masa y colapsaría
por la gravedad en un proceso similar al que provoca que una estrella
colapse sobre sí misma al final de su vida.
Alguien en el interior de
una Tierra hueca tampoco experimentaría un empuje significativo
hacia el exterior, y no podría permanecer en la superficie. Algunas
variantes de la hipótesis dicen que el manto de la Tierra genera
atracción en ambos sentidos, pero ignoran la fuerza de la gravedad
de la hipotética estrella en su interior y el equilibrio
hidrostático, que provocaría que todo eso se deshiciese.
Es algo que el propio
Newton demostró con el teorema del cascarón, que predice que la
fuerza gravitacional (de esa capa) es de cero en cualquier punto
dentro de una esfera hueca de materia perfectamente simétrica, sin
importar el grosor de la misma. En el caso de la Tierra, sí habría
una pequeña fuerza gravitacional porque no es perfectamente
simétrica, así como la gravedad ejercida por otros cuerpos del
Sistema Solar, como la Luna. La fuerza centrífuga de la rotación
empujaría a una persona (que estuviese en la superficie interior)
hacia fuera, si esa persona viajase a la misma velocidad que el
interior de la Tierra y estuviese en contacto con el suelo del
interior. Pero incluso en ese caso, la fuerza centrífuga máxima en
el ecuador es trescientas veces menor que la de la gravedad.
También tenemos la
densidad del cuerpo terrestre. En el caso de nuestro planeta,
basándonos en el tamaño del mismo y la fuerza de la gravedad en la
superficie, la densidad es, aproximadamente, de 5,5 g/cm3, pero la
densidad más común de las rocas en la superficie es de sólo 2,75
g/cm3. Si hubiese una parte significativa de la Tierra que fuese
hueca, la densidad de nuestro planeta, necesariamente, sería mucho
menor que la de las rocas de la superficie. La única manera de tener
una fuerza de la gravedad como la que tenemos, es que el material que
compone gran parte del interior de la Tierra sea mucho más denso. La
mezcla de níquel y hierro en el interior de una Tierra no hueca
sería de 10 a 13 g/cm3, lo que elevaría la media de densidad al
valor que conocemos (una estrella de 1.000 km de diámetro tampoco
podría arreglar ese cálculo).
Además tenemos el
estudio de las ondas sísmicas para determinar la estructura de la
Tierra. El tiempo que necesitan las ondas sísmicas para viajar
alrededor del planeta contradicen una esfera hueca. La evidencia, por
cómo se desplazan esas ondas sísmicas, indican que la Tierra está
llena de roca sólida (corteza y manto), una aleación de
hierro-níquel líquida (núcleo externo) y hierro-níquel sólido
(núcleo interior).

¿CÓMO ES ENTONCES EL
NÚCLEO DE LA TIERRA?

Un aura de misterio rodea
lo que se esconde bajo la superficie. No obstante, resulta
sorprendente todo lo que sabemos sobre el núcleo. ¿Pero cómo hemos
podido aprender tanto? ¿Quién descubrió el núcleo interno de la
Tierra? ¿Cómo lo hizo? En muchos aspectos, el interior terrestre
sigue siendo tan misterioso como Júpiter o Marte. Las profundidades
de la Tierra son complejas y están compuestas de múltiples capas.
Hoy día ya sabemos que el núcleo terrestre es una bola sólida de
hierro, de un diámetro similar a la Luna, bañada en una capa
externa de aleación de hierro fundido del tamaño de Marte. Este
fluido actúa como una especie de lubricante que permite al núcleo
interno moverse libremente respecto al resto del planeta.
¿Cómo lo sabemos? La
respuesta está en la sismología. Cuando hay un terremoto, éste
envía ondas sísmicas por todo el planeta. Los sismólogos registran
estas vibraciones. Es como si golpeáramos el planeta con un martillo
gigante y escucháramos el sonido al otro lado. Dependiendo
de la ruta que toman estas vibraciones, pasan por distintas zonas de
la Tierra y esto afecta cómo se escuchan al otro lado.

En los inicios de la sismología, los investigadores se
dieron cuenta de que algunas vibraciones se perdían. Se esperaba que
las ondas secundarias se manifestasen el otro lado de la Tierra pero
no aparecían.
La razón es simple: las ondas secundarias solo
pueden reverberar a través de material sólido (no líquido).
Inge Lehmann
Le correspondió el
descubrimiento a la sismóloga danesa Inge Lehmann [7], quien se dió
cuenta que se habrían topado con algo derretido en el centro de la
Tierra. Al mapear el recorrido de estas ondas se dieron cuenta de que
las rocas se volvían líquidas a 3.000 km de profundidad.
Un fuerte sismo cerca de
la costa de Nueva Zelanda, en 1929, fue la oportunidad perfecta para
que Lehmann lograra ver cómo estaba constituida la Tierra en su
interior. Cada vez que tiene lugar un sismo –ya sea de manera
natural o producto de explosiones–, diferentes ondas sísmicas
viajan a través del planeta y permiten a los científicos estudiar
su interior de forma indirecta [8].
Dos señales sísmicas
fueron analizadas por Lehmann: las ondas P (primarias o
compresionales) y las ondas S (secundarias o de cizalla). Estas
viajan a través de materiales sólidos y líquidos de diferentes
maneras. Ahí estuvo la clave: las ondas S no se propagan en medios
líquidos, mientras que las ondas P sí lo hacen.
Esto llevó a Lehmann a
interpretar que la no transmisión de ondas S en una región del
núcleo se debía a que estaba dividido en dos: uno interno sólido y
uno externo líquido. La hipótesis de Lehmann fue confirmada en 1970
cuando sismógrafos con mucha mayor sensibilidad detectaron la
deflexión de estas ondas –la forma como se doblan al interactuar
con algo– con el núcleo terrestre, lo que permitió definir lo que
hoy conocemos como “zona de sombra de ondas S”. Esto le mereció
el reconocimiento más alto otorgado por la Unión Geofísica
Americana (AGU, por sus siglas en inglés), en 1971.
Inge Lehmann descubrió
además que el núcleo interno no gira solidario con el resto del
planeta, ya que la parte interna líquida -que mide 6.800 kilómetros
de profundidad, aproximadamente dos veces el tamaño de la Luna- le
hace de cojinete. Es precisamente la existencia de estas dos partes
lo que genera el campo magnético terrestre.
También se le reconoce
el estudio del comportamiento del manto terrestre bajo la corteza
continental y la corteza oceánica. Por ello, a la zona de transición
(donde las propiedades de las ondas P y S cambian ligeramente debido
a la composición), ubicada a aproximadamente 220 kilómetros de
profundidad, se le llama discontinuidad de Lehmann, pese a que su
existencia aún es debatida entre la comunidad científica.
¿CUÁN CALIENTE ES EL NÚCLEO?
Esto mantuvo confundidos a los investigadores hasta
hace relativamente poco tiempo. Como no podemos poner un termómetro
en el centro, la única forma de buscar una respuesta es creando las
condiciones de presión correctas en el laboratorio.
EI problema de definir la temperatura del interior
de la Tierra, se analiza a partir de las observaciones del f1ujo
térmico y la aceptación de procesos de convección en el manto.
Análisis comparativos de perfiles térmicos, adiabáticos y de
puntos de fusión, permiten obtener un perfil óptimo de distribución
de temperaturas, que además satisface la observación sísmica de un
núcleo externo líquido.
El
problema en este caso estriba en que las condiciones en el centro de
la Tierra son tan extremas que resulta muy difícil efectuar ningún
experimento de laboratorio que reproduzca con fiabilidad las
condiciones del núcleo. No obstante, los geofísicos practican estos
experimentos de manera constante y no paran de mejorarlos, de modo
que sus resultados pueden extrapolarse al centro de la Tierra, donde
impera una presión más de tres millones de veces superior que la
presión atmosférica.
El
problema de estos esfuerzos es que existe un rango más bien amplio
de estimaciones actuales sobre la temperatura en el núcleo del
planeta. El intervalo de estimaciones más aceptado va desde los 4000
hasta los 7000 grados centígrados. Si conociéramos con gran
precisión a qué temperaturas funde el hierro sometido a altas
presiones, podríamos estimar una temperatura más exacta del núcleo
terrestre, porque este se compone en gran medida de hierro fundido.
Pero hasta que puedan efectuarse experimentos más precisos a
temperaturas y presiones elevadas, continuará la incertidumbre sobre
las característica fundamental de nuestro planeta.
Se piensa que el núcleo se mantiene caliente
gracias a que retuvo el calor que se produjo durante la formación
del planeta. También recibe calor de la fricción de los materiales
densos que cambian de posición, así como de la descomposición de
los elementos radiactivos. Aun así, se está enfriando en 100ºC
cada mil millones de años.
¿CUALES MATERIALES COMPONEN EL NÚCLEO TERRESTRE?
Una de las cosas que se está considerando
actualmente es si existe uno o más materiales en el núcleo. Podría
haber otro metal llamado níquel u otros elementos como silicio o
azufre. Hasta ahora, nadie ha elaborado una teoría sobre la
composición del núcleo interno que satisfaga a todos, puesto que
quedan aún muchas dudas por resolver, pero incluso sin excavar hasta
profundidades imposibles, los científicos se las han ingeniado para
entender mucho de lo que ocurre a miles de kilómetros bajo nuestros
pies.
Se calcula que un 80% de la composición del núcleo
terrestre esta compuesto de hierro. La principal evidencia es la
enorme cantidad de hierro que hay en el universo que nos rodea. El
hierro es uno de los 10 elementos más comunes en nuestra galaxia y
se halla con frecuencia en meteoritos. Y es uno de los metales más
abundantes de nuestro planeta Tierra.
No obstante, en la superficie terrestre el hierro no
es tan abundante como uno podría esperar, por eso la hipótesis más
aceptada es que cuando se formó la Tierra hace 4.500 millones de
años, gran parte del hierro se fue hacia el núcleo. Allí es donde
está la mayor parte de la masa y donde debe estar también la
mayoría del hierro. El hierro es un elemento relativamente denso en
condiciones normales, y bajo presión extrema en el núcleo de la
Tierra debe haberse tornado más denso, con lo cual un núcleo de
hierro daría cuenta de toda la masa faltante.
La Tierra tiene un poderoso campo magnético, y eso
es gracias al núcleo parcialmente líquido. El movimiento constante
del hierro liquido crea una corriente eléctrica dentro del planeta,
y eso, a su vez, genera un campo magnético que se extiende hacia el
espacio. El campo magnético nos protege de las radiaciones solares
dañinas. Si el núcleo de la Tierra no fuese como es, no habría
campo magnético y eso nos traería una serie de problemas.
Para Terminar…
Existe una grave desinformación en los
medio de cultura popular sobre el funcionamiento e importancia del
núcleo terrestre, el cual se pretende paliar en alguna medida
mediante el siguiente trabajo, proponiendo una información basada en
el conocimiento científico actual y verificable. No significa que no quede espacio para la fantasía y la especulación, sino que estas herramientas de la imaginación no deben tomarse como más que eso: imaginación. Pues cuando se toma las creencias como realidades, bueno, ya la historia hemos visto que no termina bien para nadie.
BIBLIOGRAFIA
[1] – La Encyclopædia
Britannica (edición 1971, vol. 11, pág. 276).
[2] – Encyclopedia
of Greco-Roman Mythology
(edición 1998, The Gods of the
Greeks
p. 230).
[3] – Mundus
subterraneus, in XII libros digestus.
[4] – Edgar Allan Poe,
“La narración de Arthur Gordon Pym” (1833).
[5] – John Uri Lloyd,
“Etidorhpa, o el final de la Tierra: la extraña historia de un ser
misterioso y el relato de un extraordinario viaje” (1895).
[6] – H. P. Lovecraft,
“La sombra más allá del tiempo” (1936).

[7] –
Biographical Memoirs of Fellows of the Royal Society 43: 285-301
[8] – Tarbuck, E. y Lutgens, F. (2010).
Ciencias de la Tierra: Una introducción a la geología física
(Volumen I)
. Madrid: Editorial UNED

Bimago El Cínico

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